El premio y el castigo

El cuento de la salvación no es solo conseguir entrar en el cielo, sino librarse del infierno. Esto es: salvarse de ir al infierno, de ahí la salvación. No es como participar en un sorteo y que te pueda toca el premio, y si no te toca no pasa nada, sino que si no te toca el premio entonces te toca un castigo, equiparable en lo malo a lo bueno que es el premio. Tradicionalmente el castigo cristiano estaba muy claro: el infierno, la gehena. Modernamente, algunos dicen que el castigo es sólo la frustración de no estar entre los premiados, y la envidia de verlos felices.

La maldad proverbial del homínido

Pr 25

21 Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; 22 pues así echas ascuas sobre su cabeza, y Yahvé te lo pagará.

http://www.mercaba.org/Biblia/Comentada/sapienciales_proverbios.htm

Si tu enemigo lo está pasando mal, muéstrate generoso con él, que verás como le escuece … y tranquilo, que Yahvé te pagará el esfuerzo.

 

Pero el Vaticano enmienda al mismísimo Salomón:

21 Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber:

22 así acumulas carbones encendidos sobre tu cabeza y el Señor te recompensará.

http://www.vatican.va/archive/ESL0506/__PM7.HTM

Si ayudas a tu enemigo, a quien le escuece es a tí, pero eso es penitencia grata al Señor, que te recompensará …

 

Ya antes ha dicho Salomón:

Pr 24
17 No te goces en la ruina de tu enemigo, no se alegre tu corazón al verle sucumbir; 18 no lo vea Dios y le desagrade y aparte de sobre él su ira.

 

17 Si cae tu enemigo, no te alegres, y si tropieza, no te regocijes,

18 no sea que el Señor lo vea y lo tome a mal, y aparte de él su indignación

 

Dios es el freno a nuestros impulsos homínidos de aplastar a los enemigos. Pero no es tan fuerte ese freno que impida al menos hacerles sufrir. ¿Por qué dice Salomón esas cosas? Por prudencia: alegrarse de la desgracia del enemigo es una osadía contra la vida misma, una insensatez, pues en un mundo de equilibrios inestables, de fuerzas parejas, de gran complejidad de interacciones, de enfermedades, de desconocimiento, de amenazas, de riesgos, mañana te puede ocurrir la desgracia a tí  y ser tú el que sufra el escarnio de tu enemigo. Dios adquiere aquí el carácter de fatum, el destino que dispone la vida de los hombres, contra el que nadie puede luchar, ni los reyes, ni los sabios. ¿Quién puede decir que no le alcanzará la desgracia, ni mañana ni nunca? El que lo diga es un imbécil, tienta a la suerte, y lo que le suceda lo tendrá merecido por soberbio. Por tanto, mejor es no alegrase de la fatalidad, no ya de los otros, sino ni siquiera de tus enemigos, aunque estés deseando hacerlo.

Más aún; nótese el maquiavelismo del proverbio: si te alegras de la caída de tu enemigo, puede que Dios levante su castigo contra él … por tanto, si no te alegras, Dios mantendrá el castigo, y verás a tu enemigo caído, que es lo que de verdad deseas. Si haces el esfuerzo de no alegrarte, te verás recompensado. Muchos de los proverbios son de ese tipo: el esfuerzo tiene recompensa. Por ejemplo, el esfuerzo de no beber vino, (23.31-32) el esfuerzo de no  holgazanear (28.19), el esfuerzo de no ser colérico (12.16), de no ir con mujeres ajenas (7.5)

 

Las bacterias y la información genética

¿Por qué las bacterias no tienen intrones? Claramente si los intrones fuesen secuencias “parásitas”, entonces igual que los procariotas se han “librado” de esos parásitos, lo mismo podrían haber hecho los eucariotas. Por tanto los intrones no pueden ser secuencias parásitas, sino que tienen que tener una razón de ser.

Los intrones en eucariotas sirven para que una misma secuencia de ADN, con varios intrones en medio de ella, pueda generar distintos ARNm, y por tanto distintas proteínas, según los intrones que se escindan en el procesamiento del transcrito primario de ARN.

¿Tendrá relación la ausencia de intrones en bacterias con la existencia en las mismas del mecanismo ubicuo de transferencia horizontal de genes? Si pueden captar genes del medio, con los que formar proteínas de las que carecen, no necesitan la capacidad de generar por sí mismas tanta variabilidad genética por medio de intrones.

 

Aristóteles, Copérnico, Giordano Bruno

Si se para uno a pensarlo, es increíble que se mantuviera el sistema ptolemaico tanto tiempo, o mejor dicho, el sistema aristotélico, porque el geocentrismo se basaba en los argumentos de Aristóteles sobre el movimiento. Y digo que es increíble porque si bien para el movimiento diario del Sol y de las estrellas puede apelarse tanto al movimiento real de estos cuerpos como al movimiento de la Tierra, en cambio para explicar el desplazamiento de las constelaciones en el cielo a lo largo del año no hay explicación posible suponiendo que las estrellas estuvieran en una esfera móvil; no veo la forma de que un movimiento de la esfera diera lugar al desplazamiento de las constelaciones manteniendo el movimiento diario.

(En menor medida, tenemos el problema del desplazamiento vertical del Sol a lo largo del año, si bien esto se podría explicar diciendo que su esfera, además de moverse en círculos diariamente, se mueve a lo largo de año en vertical).

Lo lógico hubiera sido admitir el heliocentrismo desde los comienzos de la civilización, con una esfera de estrellas fijas en la parte más externa del universo, es decir, el modelo de Copérnico.

Frente a eso, Giordano Bruno dio el paso de declarar que es la Tierra la que se mueve pero que además no hay tal esfera de estrellas fijas, sino que éstas se extienden en profundidad por todo el universo. Y supo ver que las estrellas eran otros soles, y que alrededor de ellos habría otras Tierras girando.

Somos la energía del Sol

Es conocida la frase de Carl Sagan: “Somos polvo de estrellas”. Hay que pararse un momento a pensarlo: en algún momento del pasado mis átomos estuvieron en el interior de una estrella, bullendo a millones de grados; ahora forman parte de mi piel, de mi sangre. Pero siguiendo con esa visión romántico-científica de la vida, podemos decir que “somos la energía del Sol”. Porque parte de la energía solar que llega a la Tierra, en lugar de calentar la atmósfera y el suelo sin más, es aprovechada por las plantas para unir átomos de carbono, hidrógeno y oxígeno, en enlaces que guardan esa energía. Después los herbívoros consumen las plantas y aprovechan esa energía almacenada en los enlaces, para formar sus propios enlaces químicos, y los carnívoros y omnívoros la aprovechamos a su vez de los herbívoros. Mediante la energía solar se mantiene el gran ecosistema terrestre. Es el Sol el que permite que una hembra de pájaro pueda poner cinco huevos de los que salgan cinco polluelos, es decir, es el Sol el que permite que la hembra cree nueva materia organizada en forma de esa especie concreta de ave (unos genes en concreto regulados de una forma en concreto), como por arte de magia. La energía del Sol está en los insectos, por ejemplo, que consume la hembra, y pasa a los huevos en forma de moléculas nutritivas, y después a los polluelos a medida que se van desarrollando y eclosionan. La energía del Sol no se pierde en forma de calor, sino que se aprovecha para ese fenómeno grandioso que llamamos vida. Por tanto la energía solar está en nosotros, bien guardada y aprovechada.

La singularidad y la normalidad

El ser humano está más allá de los animales, la evolución ha hecho que ya no sea un animal, por sus capacidades: lenguaje, tecnología, conocimiento etc, y al mismo tiempo sigue teniendo una base animal, que lo iguala a las demás especies: el hombre es un vertebrado que nace, come, respira, se reproduce y muere.