Pesadumbre

Si tuviera que describir en esta tarde otoñal mis recuerdos de mis años en Toledo, en la peñascosa pesadumbre, serían esto:

Como los requiebros de la vihuela de Mudarra, agridulce melancolía, la languidez…

Añádanse unos versos de Garcilaso, por ejemplo, precisamente, los de sobre el para mí triste río:

Pintado el caudaloso rio se vía,
que en áspera estrecheza reducido,
un monte casi alrededor ceñía,
con ímpetu corriendo y con rüido;
querer cercarlo todo parecía
en su volver, mas era afán perdido;
dejábase correr en fin derecho,
contento de lo mucho que habia hecho.

     Estaba puesta en la sublime cumbre
del monte, y desde allí por él sembrada,
aquella ilustre y clara pesadumbre…

O mejor:

A la entrada de un valle, en un desierto
do nadie atravesaba ni se vía,
vi que con estrañeza un can hacía
estremos de dolor con desconcierto:

   ahora suelta el llanto al cielo abierto,
ora va rastreando por la vía;
camina, vuelve, para, y todavía
quedaba desmayado como muerto.

   Y fue que se apartó de su presencia
su amo, y no le hallaba, y esto siente:
mirad hasta dó llega el mal de ausencia.

   Movióme a compasión ver su accidente;
díjele, lastimado: «Ten paciencia,
que yo alcanzo razón, y estoy ausente.»

La verdad es que no me extraña nada que los godos perdieran el reino teniendo por capital una ciudad tan incómoda para vivir, y menos adecuada aún para gobernar. La incomodidad, la pesadumbre les hacía estar siempre en lucha entre ellos, desconcentrados

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