La guerra y Cristo

Occidente se basa en dos cosas: la Ilíada y Cristo. La cultura guerrera de la Ilíada, la apología de la sangre, ha conformado la civilización europea. Pero, un momento: los japoneses o los chinos han tenido sus ejércitos, sus batallitas, sus emperadores y generales, luego la guerra es algo consustancial al ser humano y no una impronta cultural. Lo que sí resulta absurdo es ese culto al héroe, al valor, al honor, a la muerte gloriosa en el campo de batalla, y al mismo tiempo esas lamentaciones por los millones de muertos en las dos últimas guerras mundiales. ¿Acaso no se estaban poniendo en juego, como durante todos los siglos anteriores, las “enseñanzas homéricas”? ¿No se trata de ir a la guerra a matar y morir? Pero es como si la llegada de la industrialización, la maquinaria de guerra de acero y explosivos, provocasen una destrucción de tal magnitud que el juego se vuelve desagradable: hubo demasiados muertos, demasiada destrucción. Pero ¿es realmente eso? ¿acaso no había muerte y destrucción inenarrables en todas las guerras anteriores, empezando por la de Troya? ¿qué ha cambiado? ¿el gas mostaza, los bombardeos aéreos, las ametralladoras?¿los campos de concentración, el exterminio de judíos? Lo que sí sabemos es que en una guerra del siglo XXI si se empleasen armas atómicas se acabaría la gracia: sería la destrucción mutua asegurada. Y ¿dónde está la hombría en la bomba atómica? ¿que queda de los esforzados guerreros que con la fuerza de su brazo derriban al enemigo? La bomba atómica destruye a cientos de miles de esos bravos como si fueran de mantequilla, sin que pudieran decir ni mú. Homero se revolvería en su tumba.

Por otra parte tenemos a Cristo, figura mitológica que conecta, sirve de puente entre Occidente y Oriente. Europa tenía la Cultura, el pensamiento, ese algo que hace al hombre superior al hombre, es decir, hace al hombre superior al hombre biológico, a un simple “animal que habla y fabrica flechas”. Pero Occidente tenía un lastre: la caterva de dioses y mitos absurdos imposibles de tomar en serio, quiero decir, a largo plazo. No podía seguir desarrollándose la civilización con semejantes tonterías, por muy poéticas y muy fecundas en arte que fueran. Hacía falta una religión más seria, despojada de tanta figura. Y resulta que los judíos ya habían inventado el monoteísmo, la unificación de todos los poderes ocultos, el dios todo-en-uno. Pero era un dios nacionalista, no era posible adoptarlo por las buenas. Ahí entra Cristo y el cristianismo, conectando ese dios único, ese invento tan potente, con Europa.

Pero Cristo no dijo nada de la guerra. Su mensaje es de paz interior, de llevarse bien con el vecino, no de desmilitarizar al hombre. Es que tal cosa sería imposible, antigenético podríamos decir.

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