La in-cultura es bella

Qué feos son los olivares en general, pero aún más cuando se comen las faldas de los montes en los que todavía quedan encinares. Qué bonito es ese bosque mediterráneo, denso, poblado de vida animal, y qué pena da verlo sustituido por olivos en hileras, sin vegetación entre ellos. Pero luego el aceite está muy rico, claro. Por lo visto existe aceite de bellota; podríamos pensar que eso podría suponer la salvación de las encinas si se popularizase su consumo, pero enseguida vemos que las encinas tendrían que plantarse como los olivos, cultivadas, con lo que el resultado visual y ecológico sería el mismo. La tierra cultivada nos da el rico aceite, mientras que la tierra inculta nos da el precioso paisaje. ¿Cómo tener las dos cosas a la vez, no renunciar a ambos deleites? O mejor dicho, no tener que disfrutar uno de los placeres sufriendo el dolor de la ausencia del otro. No tener que disfrutar del paisaje sufriendo el no probar el aceite, ni tener que disfrutar del aceite sufriendo el ver cómo se destruye el bosque. El placer del gusto se estropea por el dolor de la vista, y el placer de la vista por dolor del gusto.

Y lo mismo puede decirse de los viñedos, y de los girasoles.

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